Somos iguales en todas las maneras que importan

Somos iguales en todas las maneras que importan

Como sociedad, (ab)usamos de otros animales de innumerables maneras. 

Los matamos en granjas para “alimento” y en la naturaleza por “deporte”. 

Los manipulamos en laboratorios en nombre de la”ciencia” y en plazas para “entretenimiento”. 

Los reproducimos en perreras para que sean nuestra”compañía” y en zoológicos con la excusa de la “educación”. 

Pero lo más peligroso de todo es que esencializamos a los animales en nuestras mentes y libros para entendernos a nosotros mismos.

Durante milenios, los filósofos de diferentes tradiciones han instrumentalizado dialécticamente a los no-humanos  para definir lo que significa ser humano. 

Es decir, hemos definido la humanidad por oposición a la animalidad.

Y a través de estos lentes, el valor que le hemos otorgado a lo humano se ha vinculado a las formas en que somos diferentes a los no-humanos.

 

¿Si pensáramos que, al igual que los elefantes, también lloramos a nuestros seres queridos cuando fallecen y que también los honramos en “cementerios” durante años?

 

Según la concepción de la “Gran Cadena de Ser” de la antigua Roma, un marco que le ha dado vida al pensamiento occidental desde entonces, la jerarquía del ser comienza con Dios y desciende a través de los ángeles, a los humanos, a los animales y finalmente, a las plantas. Según esta premisa, estamos más cerca de Dios en la medida en que somos diferentes de otros animales (y viceversa). En consecuencia, Occidente ha trabajado incansablemente para distinguirnos de los no-humanos por cientos de generaciones.

De forma similar, Oriente nos ha yuxtapuesto a los animales de manera paralela, aunque más moderada. Mientras que las tradiciones dhármicas, como el hinduismo y el budismo, reconocen que los animales no humanos tienen almas (como nosotros), también ven a los humanos como el único animal capaz de alcanzar la iluminación, lo que sitúa a los humanos como la forma animal más elevada. Por lo tanto, de nuevo, los aspectos que distinguen a los humanos de los no-humanos han sido venerados en Oriente como cualidades que hacen a los humanos particularmente valiosos y sagrados.

A través del tiempo y a lo largo de diferentes continentes, el excepcionalismo humano (la idea de que los humanos son especialmente superiores) ha sido fundamental para entendernos. En consecuencia, desafiar las normas de la supremacía humana a menudo ha encontrado una fuerte resistencia, pues implica cuestionar la noción misma de lo que significa ser humano… Y, sin embargo, la necesidad de desafiar este mito nunca ha sido más urgente. La creencia en el excepcionalismo humano facilita nuestra guerra contra los animal (una guerra en la que manipulamos y matamos trillones de individuos sintientes cada año) y el ecocidio en curso (es decir, la destrucción de los hábitats naturales de los que surgimos nosotros y los nuestros).

¿Qué sucedería si, en lugar de definirnos en oposición a los animales, desarrolláramos nuestras identidades a través de una exploración las formas en que somos similares? ¿Si pensáramos que, al igual que los elefantes, también lloramos a nuestros seres queridos cuando fallecen y que también los honramos en “cementerios” durante años? ¿Si nos asombrara saber que, al igual que los pingüinos, también prosperamos en relaciones monógamas del mismo sexo y que también criamos con alegría a los niños adoptivos como si fueran nuestros? ¿Si nos maravillara pensar que, al igual que los delfines, también usamos drogas para fortalecer las relaciones sociales y que también nos reconocemos en el espejo? En otras palabras, ¿qué pasaría si construyéramos significados no a partir de nuestro aislamiento, sino de nuestra animalidad compartida?

Durante 12.000 años, nos hemos alejado gradualmente de nuestra familia extendida. Al igual que a cualquier niño abandonado, el aislamiento nos ha dejado profundas cicatrices. Y, sin embargo, las similitudes que atraviesan el reino animal son mucho más numerosas que las diferencias. Esa verdad no debería darnos vergüenza, sino llenarnos de asombro y un sentido de deber familiar. Somos iguales en todas las maneras que importan. Y nuestra salvación colectiva radica en honrar ese reconocimiento.

***

 

We are the same in all the ways that matter

As a society, we (ab)use other animals in innumerable ways.

We kill them on farms for “food” and in the wild for “sport.”

We manipulate them in laboratories for “science” and in arenas for “entertainment.”

We breed them in kennels for “companionship” and in zoos for “education.”

But most dangerous of all, we essentialize animals in our minds and books to understand ourselves.

For millennia, philosophers across traditions have used nonhumans dialectically to define what it means to be human. That is, we’ve long defined humanness against animality. And through this lens, our perceived value as humans has become attached to the ways we are unlike nonhumans.

Ancient Rome’s conception of the “Great Chain of Being”—a framework which has animated western thought ever since—holds that the hierarchy of being begins with God and descends through angels, to humans, to animals, and finally, to plants. According to this premise, we are closer to God in the ways we are different from other animals (and vice versa). As a result, for hundreds of generations the west has tirelessly worked to distinguish ourselves from nonhumans.

Similarly, the east has juxtaposed ourselves to animals in parallel—albeit gentler—ways. While Dharmic traditions like Hinduism and Buddhism acknowledge that nonhuman animals have souls (like us), they also see humans as the only animal capable of reaching enlightenment, making humans the highest form of animal. As such—and again—the aspects that distinguish humans from nonhumans have long been revered in the east as the qualities that make humans uniquely valuable and sacred.

Across epochs and continents, human exceptionalism—the notion that humans are uniquely superior—has been foundational to how we understand ourselves. Consequently, challenging norms of human supremacy is frequently met with intense pushback, as doing so entails questioning the very notion of what it means to be human… And yet, the need to challenge this myth has never been more urgent. The belief in human exceptionalism is what facilitates our war against animals (i.e., manipulating and killing trillions of sensitive individuals every year) and ongoing ecocide (i.e., the destruction of the natural habitats from which we and our kin emerged).

What if, rather than defining ourselves against animals, we developed our identities through exploring the ways in which we are similar? If we reflected that, like elephants, we too mourn our loved ones when they pass, and that we too honor them at burial sites for years to come. If we admired that, like penguins, we too thrive in monogamous same-sex relationships, and that we too happily raise foster children as our own. If we marveled that, like dolphins, we too use drugs to deepen social bonds, and that we too recognize ourselves in the mirror. That is, what if we constructed meaning not from our isolation, but from our shared animality?

For 12,000 years, we have gradually orphaned ourselves from our extended family. Like any abandoned child, isolation has left us with deep scars. And yet, our similarities across the animal kingdom vastly outnumber differences. Far from shame, that truth should fill us with awe and a sense of familial duty. We are the same in all the ways that matter. And our collective salvation lies in honoring that.

Texto traducido del inglés por La Quinta Pata

❋  ❋  ❋

Picture of Nico Stubler

Nico Stubler

Nico Stubler es activista por el veganismo. Completó su maestría en Estudios Animales en la Universidad de Nueva York y ha liderado campañas animalistas en Colombia y Estados Unidos. Es parte del movimiento Liberation Pledge (Compromiso por la liberación).

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Es decir, hemos definido la humanidad por oposición a la animalidad.

Y a través de estos lentes, el valor que le hemos otorgado a lo humano se ha vinculado a las formas en que somos diferentes a los no-humanos.

 

¿Si pensáramos que, al igual que los elefantes, también lloramos a nuestros seres queridos cuando fallecen y que también los honramos en “cementerios” durante años?

 

Según la concepción de la “Gran Cadena de Ser” de la antigua Roma, un marco que le ha dado vida al pensamiento occidental desde entonces, la jerarquía del ser comienza con Dios y desciende a través de los ángeles, a los humanos, a los animales y finalmente, a las plantas. Según esta premisa, estamos más cerca de Dios en la medida en que somos diferentes de otros animales (y viceversa). En consecuencia, Occidente ha trabajado incansablemente para distinguirnos de los no-humanos por cientos de generaciones.

De forma similar, Oriente nos ha yuxtapuesto a los animales de manera paralela, aunque más moderada. Mientras que las tradiciones dhármicas, como el hinduismo y el budismo, reconocen que los animales no humanos tienen almas (como nosotros), también ven a los humanos como el único animal capaz de alcanzar la iluminación, lo que sitúa a los humanos como la forma animal más elevada. Por lo tanto, de nuevo, los aspectos que distinguen a los humanos de los no-humanos han sido venerados en Oriente como cualidades que hacen a los humanos particularmente valiosos y sagrados.

A través del tiempo y a lo largo de diferentes continentes, el excepcionalismo humano (la idea de que los humanos son especialmente superiores) ha sido fundamental para entendernos. En consecuencia, desafiar las normas de la supremacía humana a menudo ha encontrado una fuerte resistencia, pues implica cuestionar la noción misma de lo que significa ser humano… Y, sin embargo, la necesidad de desafiar este mito nunca ha sido más urgente. La creencia en el excepcionalismo humano facilita nuestra guerra contra los animal (una guerra en la que manipulamos y matamos trillones de individuos sintientes cada año) y el ecocidio en curso (es decir, la destrucción de los hábitats naturales de los que surgimos nosotros y los nuestros).

¿Qué sucedería si, en lugar de definirnos en oposición a los animales, desarrolláramos nuestras identidades a través de una exploración las formas en que somos similares? ¿Si pensáramos que, al igual que los elefantes, también lloramos a nuestros seres queridos cuando fallecen y que también los honramos en “cementerios” durante años? ¿Si nos asombrara saber que, al igual que los pingüinos, también prosperamos en relaciones monógamas del mismo sexo y que también criamos con alegría a los niños adoptivos como si fueran nuestros? ¿Si nos maravillara pensar que, al igual que los delfines, también usamos drogas para fortalecer las relaciones sociales y que también nos reconocemos en el espejo? En otras palabras, ¿qué pasaría si construyéramos significados no a partir de nuestro aislamiento, sino de nuestra animalidad compartida?

Durante 12.000 años, nos hemos alejado gradualmente de nuestra familia extendida. Al igual que a cualquier niño abandonado, el aislamiento nos ha dejado profundas cicatrices. Y, sin embargo, las similitudes que atraviesan el reino animal son mucho más numerosas que las diferencias. Esa verdad no debería darnos vergüenza, sino llenarnos de asombro y un sentido de deber familiar. Somos iguales en todas las maneras que importan. Y nuestra salvación colectiva radica en honrar ese reconocimiento.

***

 

We are the same in all the ways that matter

As a society, we (ab)use other animals in innumerable ways.

We kill them on farms for “food” and in the wild for “sport.”

We manipulate them in laboratories for “science” and in arenas for “entertainment.”

We breed them in kennels for “companionship” and in zoos for “education.”

But most dangerous of all, we essentialize animals in our minds and books to understand ourselves.

For millennia, philosophers across traditions have used nonhumans dialectically to define what it means to be human. That is, we’ve long defined humanness against animality. And through this lens, our perceived value as humans has become attached to the ways we are unlike nonhumans.

Ancient Rome’s conception of the “Great Chain of Being”—a framework which has animated western thought ever since—holds that the hierarchy of being begins with God and descends through angels, to humans, to animals, and finally, to plants. According to this premise, we are closer to God in the ways we are different from other animals (and vice versa). As a result, for hundreds of generations the west has tirelessly worked to distinguish ourselves from nonhumans.

Similarly, the east has juxtaposed ourselves to animals in parallel—albeit gentler—ways. While Dharmic traditions like Hinduism and Buddhism acknowledge that nonhuman animals have souls (like us), they also see humans as the only animal capable of reaching enlightenment, making humans the highest form of animal. As such—and again—the aspects that distinguish humans from nonhumans have long been revered in the east as the qualities that make humans uniquely valuable and sacred.

Across epochs and continents, human exceptionalism—the notion that humans are uniquely superior—has been foundational to how we understand ourselves. Consequently, challenging norms of human supremacy is frequently met with intense pushback, as doing so entails questioning the very notion of what it means to be human… And yet, the need to challenge this myth has never been more urgent. The belief in human exceptionalism is what facilitates our war against animals (i.e., manipulating and killing trillions of sensitive individuals every year) and ongoing ecocide (i.e., the destruction of the natural habitats from which we and our kin emerged).

What if, rather than defining ourselves against animals, we developed our identities through exploring the ways in which we are similar? If we reflected that, like elephants, we too mourn our loved ones when they pass, and that we too honor them at burial sites for years to come. If we admired that, like penguins, we too thrive in monogamous same-sex relationships, and that we too happily raise foster children as our own. If we marveled that, like dolphins, we too use drugs to deepen social bonds, and that we too recognize ourselves in the mirror. That is, what if we constructed meaning not from our isolation, but from our shared animality?

For 12,000 years, we have gradually orphaned ourselves from our extended family. Like any abandoned child, isolation has left us with deep scars. And yet, our similarities across the animal kingdom vastly outnumber differences. Far from shame, that truth should fill us with awe and a sense of familial duty. We are the same in all the ways that matter. And our collective salvation lies in honoring that.

Texto traducido del inglés por La Quinta Pata

❋  ❋  ❋

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